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Armando Natel, el ángel de la bicicleta

Armando Natel, el ángel de la bicicleta

Bicicleta, caño y gol. Armando Natel hacía todo fácil. Así en la vida como en el juego. Con la desfachatez del que no quiere otra cosa que jugar al fútbol, de niño ya mostraba sus cualidades de tremendo delantero. Sus compañeros siempre lo elegían primero tras el tradicional pan y queso. Era el favorito. “Pegada magistral, delicadeza de escultor y velocidad de un corredor de cien metros”, decía un opúsculo escrito años atrás sobre él.

La leyenda dice que nació un 10 de agosto de 1960 y el Club Atlético Mecánica de La Paz fue quien lo adoptó en sus primeros pasos. En el año 1981, Atlético Palmira compró su pase. El debut, con gol en el clásico frente a San Martín lo elevó a la categoría de ídolo popular. Sus declaraciones post partido para una radio de la época, con exabruptos propios de quien gambeteaba libros con la misma facilidad con que lo hacía en la cancha, todavía hoy despierta las carcajadas de los más memoriosos.

Sanción dura

Rafucho apenas terminó la primaria y su indisciplina le costó mil y un reproches de sus técnicos. Una tarde, enojado ante una derrota de su equipo frente a Gutiérrez, fue expulsado y recibió una sanción durísima: tres años y seis meses sin jugar. “Siempre fui medio indisciplinado dentro de la cancha”, cuenta con una sonrisa, y agrega “tuve mala suerte”. Sin embargo, quienes lo vieron jugar confían lo contrario.

Y la anécdota surge sola, como si fuera la hoja de presentación del libro de Rafucho. “El Club La Dormida había instalado las luminarias en su estadio y quería inaugurarlas frente al clásico rival, California del Este, aprovechando su mal momento en el torneo. Y lo que pasó aquella noche, lejos estuvo de lo previsto”, dice Don Luis, y pierde la vista en la lejanía, como si fuera capaz de volver el tiempo atrás, recuperando sonidos e imágenes de aquella noche.

La historia es simple. Al menos lo era el argumento de los locales. Un equipo poderoso, líder del torneo, contra otro débil, hundido en la mediocridad de la tabla de posiciones. Pero allí estaba Rafucho, el único capaz de poner en duda todas las certezas. El único capaz de inquietar incluso a un equipo como La Dormida, que aquel año ganaría casi sin despeinarse el torneo local. “La toma en la mitad de la cancha Rafucho Natel, abre para González sobre la derecha… Allá va de nuevo California del Este, avanzan en malón, decididos a todo…”. Don Luis tiene los ojos cerrados y repite el relato. Los locales habían logrado adelantarse en el marcador y parecía que se venía una goleada histórica.

Sin embargo, apenas iniciado el complemento, el héroe de esta historia había empardado las cosas. “Recibe de nuevo Natel en campo rival, avanza Cosme decidido a quedarse con el balón, Natel se frena y…”. Lo que siguió fue silencio. Y magia. O casi. Rafucho, desfachatado, inconciente, abrazo la gloria para toda la eternidad. Con una bicicleta dejó en el camino al primer marcador central, al tiempo que ya esperaba la llegada del segundo zaguero, decidido a todo, incluso a pasar vergüenza. Toque sutil y el balón pasó entre las piernas del defensor. La carrera desesperada del arquero fue inútil. Natel ya lo había eludido e ingresaba al arco con paso de príncipe. “Las tribunas se vinieron abajo. No podíamos creer lo que acabábamos de presenciar. Los hinchas visitantes desataron un carnaval que obligó la retirada de los locales. La fiesta se convirtió en tragedia para La Dormida. Y todo por culpa de Rafucho”.

Don Luis sonríe y disfruta el recuerdo. Los ojos se le iluminan, casi tanto como las luces de la cancha de La Dormida, justo para ver mejor el momento sublime en que Armando Natel, Rafucho para los amigos, decidió entrar en el cielo de los elegidos.

*Por Juan Azor// Ilustraciones: Yamil Ianovsky

Este artículo fue publicado en la edición 455 de Tiempo del Este, el 30 de octubre de 2014.

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