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Cacho Manzanares, actuar para vivir

Cacho Manzanares, actuar para vivir

Anecdotario de un acordeonista que hizo bailar al pueblo

Río Manzanares déjame pasar, que mi madre enferma me mandó a llamar…”, canta una canción muy popular del folklore venezolano que bien se puede situar en la España de la guerra civil, cuando un hombre y su familia, catalanes ellos, huían de esa tragedia. Al ser interceptados por guardias del franquismo y para no delatar su identidad, lo que les habría traído muchos problemas, al preguntarles por el apellido, el señor contestó: Manzanares, tal el río que surca el suelo español, ocultando el verdadero. Así pudo zafar y partir a Argentina.

Con esa triste, pero a la vez tierna historia, comenzó el Cacho Manzanares a contar su vida. Aquel hombre era su abuelo y entre la familia, su padre.

Y esa madre patria tendría, tiempo después, el origen de su vinculación con la música.

A mí me gustaba de alma, desde que nací. En el año 1952 mi padre fue con mi abuelo Alarcón a España, y a todos los hermanos nos trajo un regalo igual menos a mí, que me habían operado de apendicitis, en tiempos en que era muy difícil esa enfermedad, que me trajo una acordeón de regalo, una sopranino de 26 bajos. Él sabía que yo era loco por la música…”, recordó emocionado.

Y así, sin conocimientos previos, pero con mucho entusiasmo, comenzó a sacar las primeras notas de su instrumento. Primero estudió con un muchacho de Palmira, después con un peluquero de la calle Sarmiento que tocaba cuando no tenía clientes.

La primera pieza fue un bolero, tenía 17 años y estaba fascinado de poder hacerlo. Después me junto con el Mario Olivárez, el “Fletacho”, que quería tocar la guitarra y de pura oreja sacábamos las canciones, nos hicimos de abajo…”.

Los cowboys del baile

Con más conocimientos se une a Atilio Agüero, guitarrista, y con el inefable Juan Rodríguez, “el Chinchulín”, que tocaba muy bien la verdulera y era un showman contando historias y cuentos.

Nos llamaron del Club Orfila para amenizar un baile. Nos fue maravilloso, éramos Los Vaqueros del Este, actuábamos con sombreros de cowboys y todo, tocando tangos, valses, foxtrot, rancheras, pasodobles y chamamé.

El contrato era hasta las 3 de la mañana, pero no nos dejaban ir, querían que siguiéramos tocando. Al final nos esperaban con salames y jamón casero. Yo tenía 18 años y también estaban -el tanguito- Villegas, y mis hermanos el Tito y el Pocho  que cantaban alguna piecita por ahí…”, relata en un verdadero y apasionado monólogo.

Alegrías y sinsabores

La música te trae buenas y malas. Yo quería que cobráramos, no por la plata en sí, sino por ganar respeto. Por ejemplo estabas tocando y te hacían parar para barrer. Te volvías amargado a tu casa. O como una vez que nos cobraron hasta la botella de vino que tomamos en un baile y habíamos hecho bailar hasta las sillas.

O como cuando con Alfredo Trevisan nos quisieron pagar con entradas. Teníamos un lindo conjunto de 3 guitarras y 2 acordeones, la parte cantada la hacía yo. Fue en el Festival de Rivadavia, a los de afuera le pagaban fortuna y a los de aquí le daban entradas para que vendieran y se cobraran de allí su cachet. No, eso fue una falta de respeto total…”, rememoró con amargura.

Una gran anécdota fue en el Cine Cervantes de Junín. La policía organizó un festival y venían Los Trovadores de Cuyo con Hilario Cuadros y nosotros de –relleno-. Ahora me da vergüenza contarlo. Toqué solo Desde el alma, y me acompañaron Tito Francia, Martín Ocho, Honorato y Caballero. Qué guitarrista, me di el gusto de jugar en primera!…”, suelta orgulloso.

Otro gran gusto que me di fue formar el conjunto Los de Antaño, nombre que nos puso mi esposa, con el Chicho Arias en guitarra, Sebastián Muñoz en bajo y Edgardo González en batería, y nos dimos el placer de tocar con el sonido de Vidal, en el cumpleaños 80 del padre de los sonidistas. Actuamos cómodos, sonando todos los instrumentos. Imaginate que antes tocábamos frente a un solo micrófono y si no te acomodabas bien se escuchaba más un instrumento de otro. Pero teníamos éxito igual…”.

Vivir para tocar

Mi nombre es Benito Carlos Manzanares, pero así no me conocen ni los vecinos. Soy el Cacho y con 83 años quiero seguir.

Hice música por placer, y me quiero morir tocando el acordeón. A veces le digo al Chicho: vení nos ponemos a las 7 de la tarde, en el patio, nos servimos una cervecita o un vermouth y tocamos para nosotros, por gusto nomás.

Yo no me llamo músico, pero hice con el instrumento lo que a mí se me dio la gana…”, suelta a modo de cierre de su tan extenso, como atrayente, monólogo de su vida musical.

Tóquese otro vals, maestro, yo pago la cerveza o el vermouth, y haga bailar la vida.

Por Roberto Mercado

romercado1962@yahoo.com.ar

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