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Doscientos años de pubertad

Doscientos años de pubertad

Acerca del Bicentenario de la Independencia argentina

Por Daniel Fermani *

Para comenzar sería necesario definir el concepto de independencia, y resignificarlo  a la luz de doscientos años de historia. Hablamos no sólo de historia como proceso cultural, sino como evolución de un sistema sociopolítico y económico  que en Argentina tuvo y tiene características propias.

Entonces, ¿a qué se llama Independencia? Si hacemos referencia al hecho concreto que recibe este nombre en la historia argentina, y del cual se conmemoran doscientos años, se trata de la constitución de un gobierno nacional que no deba responder al poder central de la potencia que originariamente fundó la colonia. Y en este punto es necesario recordar que una colonia es –dentro del ese sistema llamado colonialismo- únicamente una fuente de riqueza productiva y de materias primas, destinadas a la potencia dueña de dicha colonia.

Ahora bien, desde la independización del Virreinato del Río de la Plata, en parte futura República Argentina, de la corona de España, han pasado doscientos años. En esos dos centenios la Argentina se construyó y reafirmó como país, buscando consolidar un perfil cultural que la identificase entre sus pares, las demás ex colonias españolas y portuguesas, y del resto del mundo. Obras monumentales que tienen su manifestación en la literatura, la pintura, la música, la escultura, el teatro, la danza, así lo testimonian.

Sin embargo, y en este punto es necesario ampliar la mirada a todo el planeta, ¿qué alcances tiene el concepto de independencia en el actual sistema económico globalizado, del cual ningún país es excluído? La Argentina no escapa a la jerarquización que este sistema ha hecho de los países del mundo, una suerte de mapa de productividad en el cual hay proveedores, productores, consumidores –y en esta categoría hay que incluir también a los que consumen drogas, armas y mercado sexual- y países parásitos, por lo general antiguos colonialistas, que transformaron la esclavitud de las cadenas en esclavitud de las multinacionales.

Este superficial esquema puede parecer determinista, y lo es. Pero no en el sentido en que aparenta serlo, sino porque el verdadero determinismo de los países lo funda y caracteriza la índole del propio país y su capacidad para reflexionar sobre su experiencia y hacer tesoro de ella.

En el mito, el Oráculo de Delfos anuncia a Edipo que matará a su padre y se casará con su madre. Sabemos que el determinismo griego frente al destino es indiscutible. Analíticamente podríamos pensar que el Oráculo hubiera debido decir a Edipo: “matarás a tu padre y te casarás con tu madre si no cambiás tu índole, abandonás tu soberbia y realizás una introspección que te lleve al conocimiento de vos mismo”. Pero se sabe, los Oráculos son tan parcos.

Pensar que la Argentina está tan determinada como el Edipo del mito griego sería condenarla a un reduccionismo sin apelación. Pero pedirle que reflexione sobre sí misma, y antes de arrancarse los ojos y lanzarse al exilio de un destino inevitable, intente atesorar doscientos años de experiencia como país, ¿es solamente una quimera?

Antes de 1982 se decía que sólo una guerra daba a un país la madurez necesaria para hacerse cargo de su propia historia. Pero tampoco esa guerra inicua –como todas las guerras- pareciera haber sacado a la Argentina de la pubertad.

Y en este momento histórico y político de la Argentina, salir de la pubertad ya no se limita a generar una clase política culta, consciente y honesta –fin, por otra parte, no alcanzado- sino que ahora urge que el pueblo exija a su clase política el cumplimiento de un servicio y no un poder. Y esta exigencia ya no puede seguir los no escuchados caminos tradicionales, sino que debe erigirse en una presión concreta a través de la cual se excluya a los incompetentes y se vigile a quienes ejercen funciones públicas. Sólo de esta manera se puede pretender que los funcionarios no caigan en la corrupción y cumplan con su compromiso de trabajar por el bien común. Está en manos de los ciudadanos el hacer entender a quienes gobiernan que se trata de una cuestión de vida o muerte, y no en sentido metafórico, ya que un pueblo puede ajusticiar a un mal gobernante no únicamente quitándole la vida, sino quitándole algo indispensable para esa vida: la dignidad, la condición de ser humano, exponiéndolo al escarnio público y despojándolo de todo bien, material y moral.

Daniel-FermaniTal vez, de este modo, un día quienes accedan a cargos públicos sean personas probadamente honestas y argentinas. Y tal vez entonces se pueda conmemorar una verdadera independencia.

*Egresado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo. Dicta la Cátedra Historia de la Cultura, en la Universidad de Congreso. Especialidad en teatro experimental y dramaturgia, dirección teatral, historia del teatro y del arte. Habitual colaborador de Tiempo del Este.

 

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