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El aplauso azul… o la voz sin palabras que rompe la ficción

El aplauso azul… o la voz sin palabras que rompe la ficción

Daniel Fermani *Por Daniel Fermani

 

 

 

 

Próspero, al concluir su arte mágico en la isla donde se desarrolla su terrible venganza, en La Tempestad, quizás la obra más extraña y sorprendente de Shakespeare, da la espalda al escenario, anuncia que ya no tiene poderes mágicos ni los usará, y pide al público que lo libere con su aplauso. No podemos dejar de escuchar la voz del mismo Shakespeare en estas palabras gracias a las cuales comprendemos qué significa el aplauso en el teatro: el fin de la ficción, la liberación, el regreso a la vida cotidiana, al mundo “real”. Así, cada final de obra es un regreso, una terminación del mundo fantástico y sin tiempo de la obra teatral, un telón que se cierra al compás de ese aplauso con el cual el público libera a los actores de sus personajes y les devuelve sus cuerpos y su alma de seres humanos comunes (si un artista tiene algo de común), y a su vez cierra para sí mismo el encantamiento y se dispone a regresar al planeta donde todo es materia, donde las voces son palabras y las palabras significados.

 

Con mi compañía de teatro experimental Los Toritos acabamos de realizar una gira en la ciudad de Azul, en medio de la pampa bonaerense -ciudad que ya me había recibido generosamente para mis charlas sobre Shakespeare-, y allí presentamos dos obras, además de un libro de poesía que escribí junto con una increíble poetisa azuleña. Nos recibieron los artistas del Vivero Cultural Otoño Azul, un antiguo caserón que se ha convertido en una maravillosa sala teatral y donde tuvimos el lujo de alojarnos uno de los actores y yo. Con humana –y artística- generosidad estos trabajadores del teatro nos brindaron su amistad, su ayuda y su lugar para que hiciéramos nuestras obras, y yo pudiera no sólo presentar el nuevo libro de poemas, sino también dar una charla sobre la tragedia griega.

 

Azul es una piedra preciosa engastada en la pampa, un fuego que arde paciente y minucioso abrazado por el arroyo que ya habían bautizado los indígenas y que da su nombre a esa ciudad cervantina en donde se custodia la mayor colección de ejemplares de Don Quijote de la Mancha, y que está adornada por bellísimas obras de arte que recuerdan esa novela memorable. Sin embargo, hay algo que ha vuelto única a esa ciudad en nuestros corazones de artistas del teatro y de trabajadores del arte: y ha sido el aplauso. Porque hace muchos muchos años que hacemos teatro,  numerosas obras nuestras han recorrido escenarios no sólo de Mendoza, sino de otras ciudades y países. Pero en ninguna otra ciudad recibimos el aplauso que nos brindaron los azuleños. De pie, algunos con una sonrisa emocionada, otros con lágrimas en los ojos, los espectadores que llenaron la sala del Vivero Cultural festejaron nuestras obras con la calidez que un artista siempre sueña, pero que pocas veces recibe.

13150002_1061093720636987_1880549431_n            El Vivero Cultural es la obra del tesón y el esfuerzo sobrehumano de un hacedor llamado Edelmiro Menchaca y de su compañero de lucha, Daniel Navas, pero a ellos se suman numerosas personas que colaboran, llegan y con una sonrisa amigable abrazan y comparten, y también están limpiando, acomodando, ayudando en todo lo que haga falta para montar las obras, mientras se interesan y preguntan, y se asombran y también cuentan lo suyo, y se establece entre todos esa comunión de almas que aman el arte pero sobre todo aman la vida, y han comprendido que sin la belleza no existe nada que sustente el pedestal en que se apoya lo humano. Y apenas terminada la obra, ya traspasan audaces el límite entre lo real y lo ficcional que marca el sagrado escenario para sellar con un abrazo el pacto sin fin que impone el arte a las cuestiones humanas.

 

Con Los Toritos nos preguntamos entonces qué pasó en nuestra ciudad. Qué transformó al público mendocino en ese grupo de espectadores incólumes que apenas se encienden las luces se levantan apresurados a encender sus celulares y se olvidan de que han recibido el don del arte, y que el arte es lo humano. Impasibles tras haber arrancado un inaudible aplauso de sus manos ya apresuradas por buscar el apoyo de lo material, los mendocinos escapan del teatro casi sin sonreir, preocupados por el clima, el automóvil, la hora o la cena, y sin destinar un gesto de generoso agradecimiento a quienes les han dado por un rato la posibilidad de entrever otra cosa, otra dimensión, el arte. Qué extraño, las personas pagan tanto por lo material, y no logran recibir a corazón abierto el donde de lo intangible.

 

Por eso nos quedamos enamorados de Azul, de su gente, de sus calles elegantes y sus estatuas de don Quijote y Sancho Panza. Porque mientras mirábamos estas fantásticas esculturas que embellecen la ciudad pampeana pensábamos, qué razón tenía el Caballero de la Triste Figura, no todos pueden ver gigantes en los molinos de viento.

 

 

*El autor de la nota es Profesor y Licenciado en Letras, dramaturgo y novelista.

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