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El Congreso de la Independencia, uno de los hechos fundacionales del país

El Congreso de la Independencia, uno de los hechos fundacionales del país

Durán Juan GuillermoPor Monseñor Juan Guillermo Durán *

Este año se conmemora el Bicentenario del Congreso de Tucumán que, en los anales de nuestra historia, constituye uno de los hechos fundacionales del país, pues a él se debe la declaración de su independencia, proclamada el 9 de julio de 1816. Dicha declaración, fruto de un proceso interno muy difícil y complejo, y hasta  puede decirse  traumático, trajo consigo la constitución de un nuevo orden político en el Virreinato del Río de La Plata, que significó el paso de la monarquía absoluta, sostenida sobre la base del derecho divino de los reyes, como fue la borbónica, a un régimen de gobierno nuevo y distinto, de marcadas aspiraciones republicanas, si bien recién adquirió forma jurídica definitiva  con la sanción de la Constitución Nacional de 1853.

El proceso independentista rioplatense, más allá de las causas internas que lo originaron, reconoce las influencias ideológicas de un contexto internacional caracterizado por un cuestionamiento generalizado de la legitimidad de las formas monárquicas vigentes,  que llevaron a pensar en la posibilidad de renovar la sociedad desde las ideas democráticas y liberales, tal como fueron asumidas por las dos grandes revoluciones de época: la norteamericana (1776), cuya independencia fue reconocida por Europa en la firma de la “Paz de París” (1783) ; y la francesa que trajo consigo la célebre Declaración de los Derechos del Hombre y Ciudadano (1789).

En base a la aplicación de estos nuevos ideales las colonias hispanoamericanas conquistaron paulatinamente la independencia de la Metrópoli y comenzaron a gobernarse por sí mismas, constituyendo naciones independientes con procesos políticos diversos, que no siempre consiguieron establecer con claridad, salvo en el papel, regímenes e instituciones de verdad libres y democráticos. Convirtiéndose en preocupación primordial la cuestión de establecer la forma de gobierno más apta acorde a la idiosincrasia de estos pueblos: una monarquía temperada por una constitución y un parlamento; o directamente un gobierno republicano, de impronta federal o unitaria.

Napoleón aplastó a los leales a Fernando VIIA su vez, dos acontecimientos peninsulares se convirtieron en coyuntura histórica propicia para que tales ideales se expresaran y comenzaran a conquistar voluntades: la crisis del Estado español, bajo el reinado  de Carlos IV (1788-1808); y la invasión napoleónica (1808), que aceleró el rápido proceso de descomposición. Desde ese momento España, sacudida por tamaña convulsión política, deberá enfrentar, primero,  la heroica lucha  por deshacerse del invasor; y, después, concluir una feroz guerra civil, en la que se vio sumida a causa del largo enfrentamiento entre realistas y liberales, éstos últimos fuertes en su bastión de Cádiz, luchando por instaurar la república. Circunstancias que contribuyeron a la consolidación de la insurgencia en las colonias de ultramar en torno a los dos primeros focos revolucionarios: Caracas y Buenos Aires, a lo que pronto se sumaron, Quito, Charcas y Chile, dando lugar a la formación de juntas de gobierno y ejércitos expedicionarios.

Venían así a cumplirse los pronósticos que el Conde de Aranda hizo conocer a Carlos III en su Representación o Memoria de 1783, en ocasión de la independencia de las colonias inglesas y la firma del tratado de paz de  París; y que éste no quiso escuchar. Desprenderse a tiempo del continente americano. Dividir  América española en tres reinos independientes (México, Costa Firme y Perú). En cada uno de ellos un príncipe de Castilla, bajo la autoridad de Carlos III, como emperador común. Creándose así tenues pero efectivos lazos de unión que permitieran alimentar la ilusión de una autonomía absoluta. Quedarse solamente con la Antillas, como base americana. De este modo se evitaría la perdida de las colonias. Sin tal decisión ésta sería irremediable: “querrán ser libres”, pero sin unión con la metrópoli. Vaticinio cierto, cuyas primeras concreciones se cristalizaron en el Río de la Plata en los años posteriores a la Revolución de Mayo y se proclamaron en Tucumán al promediar el año 1816.

En base a la aplicación de estos nuevos ideales las colonias hispanoamericanas conquistaron paulatinamente la independencia de la Metrópoli y comenzaron a gobernarse por sí mismas, constituyendo naciones independientes con procesos políticos diversos, que no siempre consiguieron establecer con claridad, salvo en el papel, regímenes e instituciones de verdad libres y democráticos. Convirtiéndose en preocupación primordial la cuestión de establecer la forma de gobierno más apta acorde a la idiosincrasia de estos pueblos: una monarquía temperada por una constitución y un parlamento; o directamente un gobierno republicano, de impronta federal o unitaria.

Al decir de Bartolomé Mitre, el Congreso de Tucumán fue “la última esperanza de la revolución” que, desde Mayo de 1810, corría serios peligros de desvanecerse, pues las Provincias Unidas todavía estaban a merced de la disgregación y la anarquía, enfrentando serias dificultades internas y externas. Estas son sus palabras: “El Congreso de Tucumán, a cuyo lado iba a ponerse Belgrano, era en la época a que hemos llegado, la última esperanza de la revolución: el único poder revestido de alguna autoridad moral, que representase hasta cierto punto la unidad nacional; pues […], una parte de las provincias se habían sustraído a la obediencia del gobierno central, y éste, asediado por las agitaciones de la capital, y por las atenciones de la guerra civil, apenas dominaba en Buenos Aires. En tal estado de cosas, la reunión de un Congreso era la última áncora echada en medio de la tempestad” (Historia de Belgrano y de la independencia argentina, Buenos Aires 19050,  cap. XXVII, 338).

En este sentido, el Congreso de Tucumán significa la creación de un nuevo orden político basado en los derechos del hombre y del ciudadano, convertidos desde 1789 en patrimonio de la humanidad. Estableciéndose así los principios fundamentales de la democracia representativa y de la soberanía popular que se postularon en Mayo de 1810, en la Asamblea del Año XIII, en la Declaración de la Independencia de 1816 y en la Constitución de 1853. Estos valores fundantes conforman el acuerdo básico de convivencia inter generacional de los argentinos.

*   El autor de esta nota es docente, historiador y autor de significativas publicaciones en materia de investigación.  Es Profesor Titular de Historia de la Iglesia II (Moderna y Contemporánea). Nació en La Pampa en 1945.

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