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El crimen de los Iturralde conmovió a la Mendoza del siglo XIX

El crimen de los Iturralde conmovió a la Mendoza del siglo XIX

Él era bodeguero y junto a su mujer habían conseguido un buen pasar. Cuatro ladrones quisieron robarle el pago de un vino que envió a Buenos Aires pero terminaron matándolos a palazos.

El crimen de los esposos Iturralde, tal como lo dio a conocer la prensa en su momento, ocurrió en 1899 y ha pasado a la historia como el asesinato más cruel de los ocurridos en la Mendoza del siglo XIX.

Don Casimiro Iturralde era un inmigrante que en Mendoza se hoz finquero y además bodeguero; el hombre estaba casado con doña Francisca Guzmán y juntos habían formado una familia que se completaba con cuatro hijos y vivian en Guaymallén. Allí, a un costado de calle Las Cañas tenían la finca y también la bodega, un establecimiento pequeño pero que poco a poco había comenzado a rendir frutos gracias al trabajo del matrimonio y a la inversión que Iturralde hacía en su empresa de la mayor parte de las ganancias. Los vecinos de la familia coincidían en que se trataba de gente trabajadora y muy cordial.

En medio de esos negocios y del crecimiento de la bodega, Casimiro Iturralde viajó a Buenos Aires a cobrar el envió de una importante cantidad de vinos y volvió de allá con una suma de dinero más que importante para la época: 500 pesos que el hombre guardó adentró de una lata, en algún lugar de su propiedad. Dicen las crónicas policiales que al bodeguero le faltó discreción y si bien el dinero estaba guardado, sus empleados sabían del importante negocio que el hombre había concretado en la capital.

Planes de robo

Entre esos empleados hubo uno, Pedro Tapia, que comenzó a planear robarle a su patrón y quedarse con el dinero. Fueron días de mucho trabajo en la bodega, ya que había que preparar un nuevo flete de bordelesas hacia Buenos Aires. Era invierno de 1899 y aquella tarde de julio, don Casimiro les pagó a sus empleados y los despidió en la puerta de su bodega. Por la noche, el hermano de Francisca, Félix, llegó a la casa a buscar al hijo mayor de la familia Iturralde y después de cenar, Félix y su sobrino partieron hacia la ciudad. Esa sería la última vez que el joven vería a sus padres con vida.

Esa noche, cerca ya de la madrugada, cuatro sombras se movieron silenciosas por la propiedad, saltaron un alambrado y tras caminar por los surcos de la finca llegaron a la casa y a la puerta principal. Comenzaron la búsqueda del dinero por la casa, revolviendo cajones, mesadas y muebles, pero no hubo suerte y para colmo, el matrimonio se despertó alertado de que algo ocurría aunque, en medio de la noche, casi no tuvieron oportunidad de defenderse.

Dos de los delincuentes los arrinconaron en el propio dormitorio matrimonial y armados con gruesos palos que habían tomado de la finca, golpearon a la pareja sin piedad hasta matarlos. Luego siguieron la búsqueda del dinero pero por más que abrieron roperos, baúles y alacenas no pudieron dar con el botín y escaparon de la casa con unas pocas pertenencias. Milagrosamente, los hijos del matrimonio sobrevivieron, no solo el mayor, que no estaba en la casa sino los otros tres, que lograron ocultarse de los asesinos.

La puerta abierta

Ya en la mañana, un empleado de la bodega llegó al lugar para comenzar con sus tareas y al ver que nadie contestaba a su llamado, se animó a entrar en la casa porque encontró la puerta abierta; caminó por las habitaciones sin recibir respuestas hasta que ya en el dormitorio encontró al matrimonio muerto sobre la cama, con los cráneos destrozados. Cuentan las crónicas de la época que las manchas de sangre llegaban incluso hasta el techo.

La sociedad mendocina de entonces tomó con horror la noticia y exigió de la policía un rápido esclarecimiento del caso. Con semejante crimen, los vecinos de la zona se sintieron amenazados y hasta organizaron recorridas nocturnas para garantizar la seguridad de sus casas.

En medio de la investigación, el comisario de lugar recordó que Iturralde había denunciado semanas antes el robo de un caballo y buscando entre sus anotaciones advirtió de un sospechoso que tuvo por aquellos días, un empleado del bodeguero de origen chileno y de apellido Tapia. Sin mayor pista por el momento, una comitiva policial fue hasta el rancho del peón de la bodega y tras revisar la propiedad, los uniformados dieron con un pañuelo de seda que tenía bordado el nombre de Francisca Guzmán.

Confesión de participación

Tapia fue detenido y ya en la comisaría confesó su participación en el crimen, aunque negó que hubiese sido autor de los asesinatos y señaló como el culpable a un tal Ortiz y hasta les indicó donde vivía. La policía fue en busca del sospechoso que cuando se vio rodeado, intentó escapar por un canal de riego, pero fue alcanzado a los pocos kilómetros. En la casa de Ortiz, la policía encontró objetos de la casa de Iturralde y también un chaleco manchado con sangre.

Hubo otros dos detenidos, pero la Justicia los acusó por el robo a la casa y no por el crimen. Tapia y Ortiz fueron condenados a cadena perpetua por el asesinato del matrimonio Iturralde y sus cómplices a una pena de quince años. Los hijos de la pareja quedaron al cuidado de su abuelo, José Guzmán. Cuentan que con el tiempo, el mayor de los hermanos se hizo sacerdote y que dos de sus hermanas fueron monjas. El menor se convirtió en bodeguero como su padre, pero se fue de la provincia.

(Ulises Borderil)

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