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El Tropero Sosa, uno de los apoyos fundamentales de José de San Martín

El Tropero Sosa, uno de los apoyos fundamentales de José de San Martín

Por Gustavo Capone*

 

Héroes y anónimos

 

Es tan grande la gesta emancipadora encarada por el General José de San Martín desde Mendoza, que muchas notas domésticas, aunque no exentas de enorme valor estratégico, heroísmo y pasión, quedaron en un segundo plano de importancia para nuestra historiografía tradicional ante la magnificencia de un hecho tan trascendente para América como fue el Cruce de Los Andes.

Dichos sucesos vecinales, protagonizados por ilustres desconocidos del “pago chico” pasaron casi inadvertidas en nuestras aulas y por nuestra sociedad. Acciones de hombres y mujeres que terminaban sucumbiendo, ante el relato majestuoso de una acción sin parangón.

Y puede ser hasta lógico que, ante el más grande hecho colectivo y emancipador de América, las pequeñas historias se pierdan en la urbana descripción tubular y fueran devoradas por las conclusiones generales de “la gran enciclopedia”, subestimando el valor explicativo de las pequeñas notas regionales, donde se excluye el contexto micro – social por considerar “lo próximo” como simplemente anecdótico o residual, carente de interés analítico.

Nace pues, la necesidad de reivindicar lo singular como espacio histórico, educativo, identitario y cultural, realzando lo cotidiano (lo prácticamente inadvertido),  como génesis  próxima y vecinal ante el gigante contexto “recortado” de las grandes biografías y las titánicas batallas.

Así, en el marco de ese tiempo, y en ese contexto, surgen figuras como el tropero Pedro Sosa, uno de los mendocinos que más hizo, en materia logística, para gestar la campaña de San Martín hacia Chile. Uno de los tantos que quedaron detrás de la enorme estampa del general.

El Tropero. Se puede. Camino se hace al andar

“Dicen que tenía la tez trigueña, pero no de nacimiento sino que el sol se la tiñó en sus infinitos viajes entre Mendoza y Buenos Aires. En ese camino, en el que casi hizo surcos de tanto andarlo, sólo era acompañado por los yuyos que bailaban en los remolinos. Era uno de los comerciantes más populares de su época y a pesar de ser analfabeto, se las ingeniaba para hacer buenos negocios. Pero se hizo leyenda cuando decidió ponerle el hombro a la campaña libertadora del General San Martín”.

La imagen es gentileza del diario Jornada
La imagen es gentileza del diario Jornada

Pedro Sosa, el tropero cuyano, una especie de transportista, o “camionero”, considerando un trabajo actual, quien junto a su hermano Severino, batió todos los records de velocidad para cubrir en 45 días la distancia de 261 «leguas» entre Mendoza y el puerto de Buenos Aires, tras dejar atrás las 45 postas que unían Cuyo con el Atlántico.  (La medida española de una 1 Legua es de 4.828 metros, aunque en Argentina equivalía a algo más que ‘40 cuadras’, precisamente 4.189 metros, y se denominaba entre los criollos :“legua de posta”).

Solo en 45 días, lo que las caravanas de carretas hacían casi en el doble de ese tiempo. Aclaremos: 45 días, sumando ida y vuelta. Y realizando el viaje solamente con dos “catangos”, aquellos carretones rectangulares de cuatro grandes ruedas de lapacho, cubiertas con juncos y cueros de potro, tirados por una y/o hasta tres “yuntas” de bueyes.

En la mentada travesía de los Sosa viajaron solo dos carretones, cuando la costumbre generalmente establecía la rutina de movilizarse en delegaciones de 30 carruajes con el fin de protegerse, multitudinaria y cooperativamente, ante los factores climáticos, el peligro de ataques indios, los robos de “bandoleros” (una especie de “piratas del asfalto” vigentes), las convulsiones políticas internas, las crecidas de los ríos, el peligros de los desiertos y los grandes médanos, las escases de agua potable, las manadas de pumas que atacaban por las noches, y tanto ayer como hoy, de los vaivenes del mercado.

Mendoza de los corajudos

Pedro Sosa fue un criollo “ducho” en las artes del acarreo. El oficio le permitió conocer pueblos y ciudades. Sus habituales viajes al puerto le enseñaron “recovecos” y “atajos” que ahorraban kilómetros y días. Perspicaz, astuto. Y aunque analfabeto, forjado en la facultad de “la huella”. Hoy diríamos: “un tipo con calle”.

Los troperos y arrieros eran quienes también “acarreaban” las novedades y noticias de las grandes ciudades. Entre las mercaderías comunes estaban los granos, la ropa de moda, algún ungüento milagroso y alguna botella de alcohol de contrabando.

El viaje fue su maestra; y las postas su gran escuela. Mientras tanto las «postas» cobrarán importancia, pues serán el paraje obligado de jinetes, arreos de ganado y caravanas de carruajes.

Naturalmente las postas fueron el ámbito del encuentro. El espacio para la recreación de la cultura y para la transmisión de las ideas. Como nota saliente y “colorida” resaltaremos que en el mismo paraje estaba la «pulpería» (licorería y almacén). Las pulperías se convirtieron rápidamente en el lugar de la concentración ciudadana y el eje socio – comercial del lugar. En torno a sus mesas se difundirían las ideas políticas, historias fantasmagóricas, hazañas heroicas y milagros divinos. Las postas además constituyeron la cuna de trovadores, los juegos de naipes y de míticos duelos como respuesta al honor herido. La presencia femenina era escasa, aunque “calificada”, siendo motivo sustancial de más de una rencilla. Pero así como cumplían el rol de proveeduría (una especie de minimarket o drugstore actual) también era el ámbito natural de las transacciones comerciales, trueques y reclutamiento de peones o soldados para completar “las milicias”. Y como en nuestras escuelas, “el visor o cartelera” de la información lugareña y el pizarrón donde se “escribía” la última noticia.

De todo eso “mamó” el tropero Sosa, y eso fue seguramente lo que hizo confiar en él a San Martín.

“Yo puedo General. Y lo haré en varias semanas menos que lo habitual”. Habrá gritado Sosa. “Volveré por acá antes de la Navidad”: Lo promete por la patria, invocándose a la Virgen del Buen Viaje antes de salir a remontar el desierto.

Así fue. “San Martín necesitaba de las provisiones que Pueyrredón le había prometido para la campaña libertadora que debía iniciarse en enero de 1817. Y los tiempos se acortaban”. Entonces mandó a llamar a todos los troperos y les pidió que alguno hiciera el viaje a Buenos Aires para traer cañones, herraduras, fusiles, sables, barriles de pólvora, herraduras y trajes de soldados, en la mitad del tiempo normal (que eran más o menos de 70 días) a cambio de doble paga”.

“¡Yo puedo General!”; más fuerte lo habrá gritado. Y el tropero Sosa cumplió.»A guascazos y reventando bueyes», tal como se lo expresó a San Martín cuando lo recibió en el campamento establecido en Mendoza.

Finalizaba diciembre de 1816. Algunas semanas antes que el Ejercito Libertador marchara a Chile, cuando el general recibió el mejor regalo navideño. Ahí venía Pedro y su hermano. “Corajudos”, nacidos en “la Mendoza inmortal cuyos hijos todo lo pueden. Mendoza donde todo se hace”. Dirá una carta de un emocionado José de San Martín.

La actual replica de su carruaje en El Plumerillo conmemora su hazaña. Aunque también tuvo su reconocimiento en vida, porque después de la batalla de Chacabuco, el 29 de agosto de 1817, el Libertador lo distinguió con una medalla de plata como premio al mérito y por cumplir con la palabra empeñada.

NdE: El tropero Pedro Sosa, falleció en su finca en el paraje de San Vicente (hoy Godoy Cruz), acompañado de su esposa, en 1823.

*Profesor de Historia. Actual Director de Educación Superior de la DGE.

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