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El «Vampiro de Barriales» derrotó el olvido

 

Hace 37 años surgió un hecho aún inexplicable en el distrito de Los Barriales. Un hecho que trascendió las fronteras del departamento,  que se extendió por toda la provincia y que interesó a algunos medios nacionales. Gracias más a la oralidad que a la documentación, la leyenda aún perdura en la memoria colectiva.

EL VAMPIRO

Todo empezó en el invierno de 1972, en Los Barriales, cuando en diferentes casas  comenzaron a aparecer muertas y en circunferencia,  las gallinas. La característica que presentaban eran dos orificios en el cogote y que estaban secas, sin una sola gota de sangre,  aunque sin signos de violencia. Luego siguió el turno de los conejos y hasta de los patos, que presentaban idéntico final. A los perros bravos, no se los escuchaba ladrar, y se iban a esconder en lugares lejanos a los gallineros.

PERJUDICADOS

Algunas de las personas de ese entonces que sufrieron los embates del “vampiro”: Francisco Bardín, Olga Esther González, Carmen Sotana, Alejandro Romero. Pero la ira del bicho asesino, se extendió hasta Palmira, paso por Giagnoni y llegó hasta el Sur de Mendoza, sin respetar  gallineros ni conejeras.

El diario Mendoza, ya desaparecido, brindó una amplia cobertura a la información, y era común que se agotara bien temprano en toda la Zona Este; es que la gente estaba ávida por conocer información acerca del vampiro.

Y por ese tiempo, el pueblo cambió: los comentarios fluían generosos por la peluquería de Domingo Puebla: era un placer escuchar la teoría –siempre seguida por numerosos parroquianos- del bombero Héctor Ruggeri, quien aseguraba que el vampiro era una suerte de gato gigantesco.

PATRULLAS

Se organizaban patrullas vecinales para recorrer los campos y dar con la criatura,  se oficiaba misa en la parroquia para expulsar al diablo que merodeaba por Barriales, en las noches las escopetas permanecían cerca de la cama, por si acaso, y las puertas tenían tranca doble y una ristra de ajos. Las sospechas del lugar que albergaba al vampiro se orientaban hacia el “pantano”, una extensión de enormes pastizales ubicada detrás del cementerio de Barriales.

TEMOR

Al caer la oración, en ese invierno de 1972, solo se respiraba el temor.

Las tertulias del Club Social y Deportivo Los Barriales brillaban por su ausencia, y en las noches solo se observaba un par de bicicletas, a lo sumo, que se marchaban temprano.

No hay luz tampoco en la escuela Gervasio Posadas ni en el centro Cultural Merceditas de San Martín. En Barriales todo es oscuridad. Tampoco pasos en la pirámide blanca de la plaza, en la fuente donde navegan siete pescados rojos. Agustín Bernardo

González, quien  tiene un campo, una despensa y  un surtidor de nafta, fuma sentado en un surco, a la luz de las estrellas. Cree ver un bulto con una cola gruesa, cerca del gallinero, toma el revólver, le apunta, pero al pisar una rama seca, el ruido alerta al bulto quien huye campo adentro.

González corre al destacamento, y le comenta el hecho al sargento Rufino Arregui, quien tiene otras teorías. Al cabo de varias horas de conversación, no han llegado a ninguna parte.

TEMORES Y LEYENDAS

El cuidador del cementerio, Antonio Furlán, resistió estoico las recomendaciones de los vecinos para que revisara el cementerio: en las noches, lo recorría rezando el padrenuestro, mientras por su mente pasaban las leyendas escuchadas durante muchos años: el caso de aquella mujer que apareció muerta en una bordalesa, un crimen que nunca se aclaró. Y otros le recordaban la leyenda del Oso Blanco. Y otros le recordaban que el camino que lleva a Los Barriales se bifurca, y que a una de las curvas se le dice la “curva de la muerte”. Y otros le recordaban el caso del linyera que se quedó dormido en un nicho y que al despertar le pidió un fósforo al cuidador, que estuvo a punto de volverse loco cuando escuchó esa voz que parecía de ultratumba. Y otros le recordaban que hace más de medio siglo los chicos se dormían entre temblores porque todo el pueblo hablaba de un vampiro que vivía de la sangre de los corderos.

 

¿Qué era el vampiro? ¿Quién era?

Algunos decían que un zorro grande, una comadreja, un hurón, un gato montés, un perro salvaje, un lechuzo bodeguero. Otros juraban que era un hombre, con garras y colmillos. Pero nadie explicaba el porqué los animales aparecían secos de sangre.

Con la llegada del verano, tan  misteriosamente como apareció, cesaron las andanzas del vampiro. Nadie supo bien el  porqué,  pero el corresponsal del diario Mendoza, unos días antes informó de un hecho que luego fue negado por la policía: un extraño velatorio en un campo de Rivadavia. Se decía que era una misa negra, para exorcizar  un poseído: el hijo de un renombrado bodeguero de la zona.

En Barriales, a pesar del tiempo transcurrido, aún hay personas que se santiguan al caer la oración.

JB

(Artículo publicado en la Edición Nº 191, de fecha 14/01/2009 de Tiempo del Este)

 

 

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