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Historias del Gauchito Sopaipilla

Historias del Gauchito Sopaipilla

El Pascual Ábrego es un manantial de anécdotas que merecen ser contadas.

Para contar la historia de las patrias chicas, siempre es necesario un personaje que esté comprometido hasta los huesos con su pueblo y su gente y que, además, tenga el valor de ponerla en consideración en todo momento de su vida.

Así sucede en el distrito de La Reducción, departamento de Rivadavia, donde Pascual Ábrego, el “Gauchito Sopaipilla” es una fuente profunda de anécdotas que proyecta a través del río de su canto.

Guitarrero de chiquito, recibió el regalo de su padre de una guitarra para él y otra para su hermano, el querido y recordado Juan “el Gallinón” Ábrego. “Mi hermano aprendió bien, y después me pasaba algunos tonos…”, recuerda emocionado.

Este contratista de viña de siempre, aun a sus 72 años, lleva el distrito pegado a su piel y es un inquieto protagonista de la vida social del pueblo, como actor, cantor y relator de historias y acontecidos

Sus primeras actuaciones fueron haciendo teatro vocacional con otros ex alumnos de la Escuela César Mussé. Uno de sus primeros papeles fue personificando a Esculapio Sarrascosa, una especie de súper héroe humorístico. “En un acto, el actor que hacía de malo, gritaba y quería golpear a su mujer. Esculapio viene por detrás de él y le asesta un garrotazo en la nuca, al grito de: A mí siempre me gustó pegar de frente…”, nos cuenta mientras la risa le tapa la cara.

Hacían patios criollos en las escuelas de la zona, los que terminaban siempre con un gran Pericón Nacional.

Esculapio Sarrascosa.

Serenata por los techos

Del inmenso anecdotario cantor recuerda que una vez venían de una fiesta en Tittarelli con su hermano Juan y otro amigo, a la madrugada, y ya en La Reducción, deciden cantarle una serenata a un primo que vivía en una finca en la que Pascual cosechaba aceitunas. Para que fuera distinta, buscaron la escalera que dejaba en la planta de olivos, la trajeron hasta la casa, se subieron al techo y desde ahí le cantaron. El primo salió a pagar el cogollo pero no vio a nadie, muy extrañado se volvió a acostar. Al rato, al amigo se le ocurrió bailar un malambo al compás de las guitarras. Cuando empezó a zapatear en el techo, toda la familia asustada salió corriendo al patio.

La hostia de los cuyanos

“Yo siempre quise que La Reducción se hiciera conocer por algo. Se me ocurrió que podía ser a través de una fiesta. Fue difícil convencer a las entidades del pueblo, como el Centro Tradicionalista, la Iglesia, la Escuela y el Club. Y como tenía una gran amistad con todos, los fui entusiasmando. Primero hice bailar un gran Pericón en la antigua comuna de Rivadavia, que estaba en este distrito. Como la reunión tuvo convocatoria, ahí lancé la idea de hacer la Fiesta Regional de la Sopaipilla. Corría la década de los 90.

Le puse -de la Sopaipilla- porque es un alimento que el tiempo nunca pudo borrar, que está siempre presente cuando llueve, hace frío o se terminó el pan. Para mí es la hostia de los cuyanos…”, dice orgulloso mientras se empaña su mirada.

En una edición en que no llegaban unos artistas y se iba a producir un bache, se ofrece a subir al escenario a decir algo y entretener mientras se presentaran los cantores. Le pidió el poncho y el sombrero a su amigo el Negro Castro y se hizo presentar como El Gauchito Sopaipilla. “Dije un par de macanas y a la gente le gustó…”, nos cuenta, y a partir de ahí tuvo ese apodo que lo acompañará para siempre, pasando a ser protagonista excluyente haciendo la apertura de la fiesta al grito de: “Buenas noches Mendoza. Buenas noches Rivadavia, Reducción. Mi pueblo se pone de pie, se viste de fiesta y les dice: Bienvenidos a la Fiesta Regional, entre tonadas y sopaipillas”. Una especie del Aquí Cosquín, versión La Reducción.

De historias y prohibiciones

Pascual considera a La Reducción como el primer eslabón de la historia de Rivadavia, donde funcionó la primer comuna, donde nace la cultura del agua al obtener, del río Tunuyán, las primeras tomas que dieron lugar a los futuros canales, o donde surge la leyenda del Ánima Parada, que fuera don Diógenes Recuero, transformándose en el mito pagano más importante del departamento y que se recuerda en un mausoleo en el cementerio departamental.

“La vida la he vivido intensamente. Hice espectáculos para los niños con el Show de la Vaca loca, loca. También compuse canciones. Por una de ella, dedicada al obrero de viña, me valió la prohibición en el año 2002 y no pude cantar más en el Festival Rivadavia le Canta al País, por la frase: -Nos dicen que tenemos que sembrar, que hay que redoblar parcelas, mientras que otros sólo piensan en cobrar sus dietas-…”.

“De ello no guardo rencor, ni de las autoridades de entonces, porque pienso que debe ser muy triste que una persona con tanto poder le tenga miedo a un cantor con una guitarrita! No me arrodillo ante nadie, sólo ante Dios…”, dijo a modo de confesión.

Con su canto, con sus historias y anécdotas, con su don de buena gente, Pascual Ábrego, el Gauchito Sopaipilla, ya tiene ganado el cielo de los cantores, mientras sigue comulgando con la hostia de los cuyanos.

Por Roberto Mercado

romercado1962@yahoo.com.ar

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