Montemar 150×150

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La Herencia del Jardinero

La Herencia del Jardinero

Daniel Fermani*Por Daniel Fermani

 

Miro el jardín que mis manos han cultivado, contemplo los árboles cargados con los frutos otoñales, y ya amarillos, ya adormilándose en la espera por el retorno de Perséfone a los dulces brazos de su madre. Escucho las voces que desde el silencio murmuran las páginas de los incontables libros invisibles, aquellos leídos, aquellos hojeados, aquellos amados y los que nunca se pudieron olvidar. Y es esa rosa de abril que inclina la cabeza fatigada sobre el pecho dorado de la fuente -un don de la vida-, entumecida aún entre las manos apenas tibias de un sol turbio y distante. Y son los versos que se abren paso en la tierra húmeda y ya cubierta de hojarasca; y son las páginas que se escriben con el insistente piar del último pájaro que extravió el camino del exilio; y son las obras de teatro que esperan william-shakespearepacientemente que se abra el telón en escenarios que aún no existen, y sueñan el aplauso generoso, el generoso olvido. Y yo respiro el aire brillante de la paciente biblioteca, y me dicen que Shakespeare ha muerto, y no lo creo, que Don Miguel de Cervantes no seguirá aconsejando a Don Quijote, y no lo creo, que Borges ha extraviado el bastón que lo guiaba siempre a la valerosa Ilíada y a la isla de Ulises, y no lo creo. Porque todos ellos viven conmigo, y cada día me hablan como amigos que son de mi destierro. Aquí en la soledad de mi fantasía no extraño los honores ni las vanas palmadas de la sombra; no hieren mi corazón los olvidos voluntarios de quienes construyen un mundo de hierro y de falacias, y se trepan al andamio de los puestos con la vana ilusión de nunca precipitarse; ni tampoco el dinero que no alcanza desvela mi ensoñación, porque demasiado tengo aún que aprender de los poetas muertos como para prestar oídos a los mercantes de la cultura oficial. QuijoteQue no se pronuncie mi nombre en una calle, sino en el sagrado templo del arte verdadero, ése es mi premio; han querido dioses muy antiguos otorgarme el arte de la palabra que no muere, y me han revelado el secreto elixir que mueve los simulacros y las almas del más excelso de los escenarios. Que no derroche tinta el panfletero, ni trace mi nombre la mano que se abre para recibir el pago de su precio. Que no sienten mi cuerpo ajeno en la mesa académica de los nombres sin rostro y sin memoria. Porque estoy vivo más allá del recuerdo de los necios, porque estoy creando lo que sus pequeñas almas de cartón no alcanzarán nunca a comprender; porque soy un artista y mi silencio es la más poderosa de las sílabas del mundo.

 

Qué otro monumento esperar que ese pétalo que ya cae vaiveneando en la penumbra, mejilla de seda para la tierra maternal y fértil, que ha de transformarlo en semilla, en caracol adusto, en nuevo verdor para la remota primavera.

 

 

 

Aquí dejaré los versos que me han dado, y los versos que di, y que no son míos, aquí los dejaré. Para que acompañen otras tantas soledades, para que acaricien el alma del que llora los azotes impuros de la injusticia, para el que cree que nunca otro poeta visitó las tenebrosas galerías del olvido. Y yo me voy a ir a seguir leyendo con mis antiguos amigos muertos, aquellos de los libros, y a seguir escribiendo con el viento. Porque lo que un ser humano puede devolver a la vida, que todo le ha dado, es la belleza sin nombre, el humilde anonimato de un verso, la palabra que restañe el dolor del mundo.

 

*El autor de la nota es Profesor y Licenciado en Letras, dramaturgo y novelista.

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