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«La insoportable redondez de la tierra»

«La insoportable redondez de la tierra»

daniel fermani*Por Daniel Fermani

 

La Tierra es un cuerpo celeste que flota en medio del espacio, es de forma esférica y gira sobre sí misma y alrededor del Sol. Parece obvio, ¿lo es?

¿Qué pasaría si mañana la comunidad científica internacional anunciara un nuevo sorprendente descubrimiento: la Tierra no es redonda, sino poliédrica, y la sensación de redondez se debe a su movimiento rotatorio, que en realidad es tan misterioso que algunas de las caras de ese poliedro permanecen a oscuras, de manera que son invisibles al ojo humano? Si lo dicen los científicos… ¿Cambiaría en algo la vida cotidiana?  ¿Bajaría la inflación en la Argentina? Durante decenios las voces del saber nos acusaron de haber provocado el agujero en el ozono,  y cada vez que íbamos a hacer un asado nos sentíamos culpables de colaborar tan despiadadamente a la destrucción del planeta. Ahora dicen que el agujero del ozono está más pequeño, y nunca sabremos si fue gracias a que dejamos de usar desodorante en aerosol para reemplazarlo por uno en barra, o se achicó solo nomás el famoso agujero.

Este ejemplo es a nivel del cosmos y de nuestro sistema solar. ¿Qué sucede al nivel de la vida cotidiana, de la casa, el trabajo, la política del gobierno? Demasiadas convicciones hacen que nuestra Tierra siga siendo inevitablemente redonda. Por ejemplo, enterarse con resignación de que los legisladores se aumentan desproporcionadamente sus dietas, mientras los sueldos de médicos y docentes siguen siendo una miseria. O que un ministro está implicado en robo, narcotráfico o corrupción. O que una propuesta de ley lanzada por el gobierno, al ser rechazada por los trabajadores es impuesta a la fuerza por un decreto. O que lleguen boletas astronómicas de los servicios públicos y nos quedemos mirándolas azorados. ¿Cuál es la convicción que lleva a los ciudadanos a no reaccionar? ¿La Tierra es redonda y no se discute? ¿Así están las cosas y hay que aceptarlas?

Ya vendrán tiempos mejores es la frase que ha permitido la esclavitud.

Es evidente que existe un grupo de personas que accionan apoyadas en las convicciones del pueblo para explotar a los demás y para enriquecerse, mientras la gente padece resignada o se enferma de tanto maldecir para adentro. La convicción crea la realidad. Y aunque la realidad sea insoportable, convicciones como “todos los políticos son corruptos” hacen que, paradójicamente, esta idea sea aceptada e incorporada como normal e indiscutible.

Resulta que ninguna idea es normal e indiscutible: durante siglos la Tierra fue plana… Todo cambia, pero el cambio en la realidad se opera únicamente con un cambio de mentalidad. Y el cambio de mentalidad requiere decisiones drásticas y sanas, la primera de ellas es cortar el cable de la televisión, pero cortarlo de cuajo, incluso para la televisión nacional. La segunda es mirar el diario sólo una vez por semana, habiendo preparado para ese momento otra convicción: los periodistas y el diario mismo son pagados por alguien, ¿cuáles son los intereses de este alguien? La tercera es escuchar sólo música en la radio,  y elegir nada más que los noticieros en los cuales los periodistas no opinen, y asimismo escucharlos pensando en quién es el dueño de la emisora. La cuarta decisión es ir al supermercado con una cierta cantidad de dinero en el bolsillo, sabiendo que sólo se puede gastar ese dinero, y que no se puede pagar con tarjeta. Una vez en el supermercado, visitar sólo las góndolas de alimentos, y comprar siempre los más baratos, teniendo conciencia de que se puede vivir con mucho menos de lo que vivimos, que la mayoría de las marcas son la misma marca, y que no tenemos por qué enriquecer al dueño del supermercado, que muy probablemente sea el mismo dueño del cable televisivo, y tal vez también de alguna emisora radial, y seguramente de muchas de las marcas de los productos que consumimos.

Las convicciones hacen que no veamos lo que las mismas convicciones nos dicen que no existe. Pero para liberarnos de estas convicciones, que nos han sido implantadas por los ricos y poderosos, tenemos que empezar a pensar por nosotros mismos. Y para pensar hace falta menos ruido, más libros buenos, más música buena, y más espíritu crítico. Sin embargo, no se trata del espíritu crítico común, ése que nos dice “aquel ministro robó”, y que es sólo la repetición de lo que nos dijo uno al que dijeron que le habían dicho que lo vieron por televisión. El espíritu crítico es saber pensar por uno mismo, y tener el valor de no emitir ninguna opinión acerca de lo que no conocemos personalmente. También existen ejercicios simples para desarrollar este método liberador: por ejemplo, ponerse un plazo para cortar el cable, y en ese lapso mirar los programas televisivos del siguiente modo: cuando aparece una mujer de setenta años pero que se hace pasar por una de cuarenta, semidesnuda y con toda la apariencia de un mal experimento quirúrgico del Doctor Frankenstein, y el presentador la saluda llamándola artista, decir en voz alta, “no es una artista, es una prostituta vieja”. Cuando aparece un funcionario público teñido y muy probablemente con aplicaciones de colágeno y bótox, y el presentador lo saluda como “señor…”, decir en voz alta: “no es un señor, es un delincuente mentiroso”. Y así sucesivamente. Cuando se escucha hablar a un político que defiende o denosta a otro, o a otro partido, o a otra gestión, o de todos modos le echa la culpa a otros de los problemas que él debería resolver, repetir dos o tres minutos en voz alta, de manera de tapar la voz de susodicho: “es todo al revés, es todo al revés”.

Con estos sencillos ejercicios cotidianos empezaremos a purificar nuestra mente de esta convicción colectiva por la cual seguimos aceptando lo inaceptable y seguimos trabajando para enriquecer a los poderosos y a los explotadores.

Porque no sé si la Tierra será redonda o tal vez poliédrica, pero lo que sí sé es que ha llegado la hora de empezar a hacer justicia.

 

 

*El autor de la nota es Profesor y Licenciado en Letras, dramaturgo y novelista.

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