Montemar 150×150

MARTES: Nubosidad variable con descenso de la temperatura, vientos moderados del sudeste. Tormentas aisladas durante la noche. Precipitaciones en cordillera. Ingreso de frente frío. Máxima: 25ºC Mínima: 12ºC
MIÉRCOLES: Nubosidad variable con descenso de la temperatura, vientos del sector sur rotando al noreste. Máxima: 21ºC Mínima: 10ºC
JUEVES: Algo nublado con ascenso de la temperatura, vientos leves del noreste. Máxima: 23ºC Mínima: 9ºC

La maestra eléctrica

La maestra eléctrica

 

Daniel Fermani*Por Daniel Fermani

 

Últimamente los docentes de todos los niveles, ya perseguidos por la burocracia educativa –que no es menos agresiva ni densa que cualquiera otra burocracia-, por las exigencias formales de los psicopedagogos, por los horarios, las correcciones, los programas y planificaciones y la necesidad de tener tres o cuatro trabajos para sobrevivir con los míseros sueldos que el gobierno de turno decide asignar a los educadores, decíamos que los docentes nos enfrentamos a los cursos obligatorios de plataformas virtuales y modelos con nombres obviamente estadounidenses para la implementación de la educación a larga, media o corta distancia. Claramente estos nuevos medios tecnológicos y estos talleres, impartidos por técnicos superespecializados con una convicción muy semejante a la convicción religiosa que debe haber tenido Moisés cuando publicitaba las Tablas de la Ley al bajar del Monte Sinaí, están destinados a actualizar a los docentes y brindarles una herramienta más –parece que tenían pocas- en la altruista tarea de arrebatar las mentes jóvenes del páramo oscuro de la ignorancia.

Ninguno de estos nuevos programas habla de contenidos, eso es obvio, sino que se trata de plataformas virtuales de una complejidad más que bizantina, en las cuales los docentes (que sin duda tienden a caer en el nocivo aburrimiento cuando no dan clases, llenan planillas, corrigen, estudian y preparan temas), podrán colocar saberes que ya deben manejar (los estudiaron en el tiempo libre, decíamos), y pasar revista a sus cien, doscientos, trescientos o más alumnos, uno por uno, para ver quién leyó, quién respondió a las preguntas (elaboradas por el docente), quién cumplió las tareas, en fin, una deliciosa perspectiva.

Claramente, es indispensable para los educadores del siglo XXI estar al paso con los tiempos, saber informática, no quedarse con las tijeritas y el papel glacé, sino dotar a la educación de todos los elementos que la vuelvan contemporánea, dinámica, interactiva, etc etc.  Nadie, en la elaboración de estos maravillosos y completísimos programas, debe haberse preguntado en dónde quedó el alma del docente, pero mucho menos se habrá interrogado cuál será el futuro último de estos proyectos de avanzada tecnología.

Podríamos dar algunas sencillas respuestas, naturalmente exponiéndonos a ser calificados de reaccionarios, idealistas, subversivos (paradójicamente), y tantos otros calificativos.

Se trata de recordar que quien eligió enseñar es porque ama enseñar. Y de que la educación, o el proceso del aprendizaje (para usar un término acuñado por quienes no educan), tiene lugar únicamente en la íntima relación humana entre maestro y alumno. Esta relación, que tiene un aquí y un ahora, es un vínculo invisible, irreemplazable y único, en el cual dos seres humanos se encuentran en un espacio que es material pero también es espiritual, intangible, y en ese encuentro se produce el intercambio de ideas, allí se dan las condiciones necesarias para que ambos seres humanos aprendan, se enriquezcan mutuamente y se amen más allá de toda calificación.

Se responderá, con mucha naturalidad, que estos revolucionarios medios tecnológicos no están destinados a reemplazar al docente sino a ayudarlo en su tarea y a hacer más eficaz la enseñanza. Sin duda muchos lo creen sinceramente así, incluso los profetas tecnológicos que peroran con santa convicción la infalibilidad de este nuevo uso. Pero algo, tal vez la experiencia o el conocimiento de los muchos caminos que tiene la dominación económica y política, y como consecuencia y sobre todo, ideológica, sobre los seres humanos, nos debería hacer sospechar que allá en un futuro quién sabe cuán lejano, ya no habrá maestros, ni profesores, sino pantallas. Y no habrá aulas, sino cubículos minúsculos donde cada niño y adolescente, aislado de los demás o masificado con los demás, manipulará datos virtuales cuya veracidad no tendrá ya ninguna importancia, porque detrás no existirá ningún espíritu humano, sino un programa.

Y finalmente en el mundo todos pensarán lo mismo.

 

*El autor de la nota es Profesor y Licenciado en Letras, dramaturgo y novelista.

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