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La muerte olvidada

La muerte olvidada

daniel fermani  Por Daniel Fermani

 

Un hermoso cuento de Manuel Mujica Láinez (*) describe a la muerte como una señora huesuda, vestida de negro, que se sienta en el brocal de un aljibe colonial, con su hoz de largo fusto, a esperar que llegue la hora de levarse al niño de la casa, enfermo de crup. Esta imagen de la Parca corresponde a una representación tardo medieval, aunque la humanización de la muerte pertenece al imaginario colectivo desde mucho tiempo antes. La muerte personificada como una divinidad oscura que se ocupa de cada uno de los seres humanos se repite a lo largo de la literatura y en el arte en general con distintas variaciones, pero siempre con una constante: la inevitabilidad del común destino de todos los seres humanos.

En la tradición cristiana, el rito de la muerte ha pasado por varias etapas, muy distintas unas de otras, en las cuales si bien ha sido imposible soslayar la esencia del asunto: la desaparición de una persona, se ha desarrollado de maneras más o menos simbólicas, vinculadas con la concepción de un juicio final, primeramente para todos los muertos de la humanidad, posteriormente personalizado para el difunto en cuestión, con menores o mayores manifestaciones de dolor de parte de deudos y allegados. A las histriónicas manifestaciones de dolor propias del Romanticismo decimonónico y que duraron al menos hasta la Primera Guerra Mundial, sucedieron ritos cada vez más asépticos que fueron transformando los funerales en ocasiones sociales mesuradas en las cuales el muerto ya no era protagonista sino motivo de reunión. Hacia la segunda mitad del siglo XX, con excepción de Estados Unidos, donde se monta un verdadero desfile de modelos y una suerte de banquete en un funeral en donde el muerto es maquillado como para un carnaval,  la muerte se ha convertido en Occidente en un acontecimiento muy incómodo que es necesario despachar lo antes posible, sin excesivas manifestaciones de dolor ni despliegue de cosas vistosas.

El muerto ya no sólo no es el protagonista de su propio funeral, sino que ni siquiera es dueño de la finalización de su vida. El futuro finado está en manos de médicos y enfermeros, en salas asépticas que en nada le recuerdan a su hogar, mantenido en vida hasta lo improbable con tubos, respiradores, aparatos de toda índole y drogas, mientras los familiares esperan, resignados a aceptar lo que digan los especialistas, que muchas veces se extienden en explicaciones sorprendentemente técnicas, tal vez por la delicadeza de no decir llanamente que sólo queda la muerte, la familiar e inevitable muerte, que de nada sirven los tubos y las drogas, y que lo único que se está haciendo es esperar a que nadie sea responsable de esa muerte, sino la misma muerte, destino inefable, hora fatal, o como quiera llamársela. De este modo, nadie se acerca a la muerte físicamente, para eso están los aparatos y los químicos, el agonizante no decide nada ni puede pronunciar alguna última voluntad (es probable que ya sea incapaz de hacerlo, ya que lo mantienen fisiológicamente vivo de manera artificial, y porque aunque lo quisiera no podría hablar con nadie a causa del aislante andamiaje médico erigido sobre su pobre cuerpo), o sea no “vive” su propia muerte, sino que tampoco los allegados pueden acompañarlo ni estar junto a él en los momentos finales.

Y acto seguido, cuando finalmente los aparatos y las drogas ya no son capaces de prolongar la vida del agonizante, el hospital cierra su capítulo y entrega el cuerpo directamente a la compañía funeraria. La familia decidirá si hacer velatorio, si llevar directamente al crematorio los restos y dispersar luego las cenizas en algún lugar “que le gustaba” al difunto, etc etc.

La muerte quiere ser olvidada. O al menos quieren evitarse todos los recuerdos que trae, el primero y principal, que la muerte es el destino de todo ser viviente. Los ritos fúnebres fueron creados para soportar el dolor de la muerte, no sólo para aceptar la pérdida de un ser amado, sino también para soportar la idea de que análoga suerte correrán quienes lo perdieron.  La evasión de estos ritos, la mecanización del proceso de muerte, la muerte anónima de los hospitales y la vida artificial en espera de la muerte, significan solamente una enésima negación, una voluntad de no ver, que mucho se relaciona con la sociedad consumista y hedonista. En un sistema que embandera la eterna juventud como ideal y la belleza corporal como modelo, que hace del ser un tener y propicia la producción desmesurada con la finalidad de que el consumo también lo sea, la muerte es un suceso incómodo que hay que despachar lo antes posible. Innumerables veces se escucha “comprate algo lindo” como consuelo a una persona que acaba de perder a un ser querido. De ese modo no hay duelo, sino una nueva ocasión de consumo. Cuando se habla de los cambios que experimentan un barrio o un sitio cualquiera, se dice “han puesto muchos negocios” como sinónimo de mejoras y embellecimiento. La muerte también es un negocio, y sospechamos que si algo de los antiguos ritos funerarios permanece aún hoy, es porque todavía significan un negocio para las compañías velatorias, crematorias, cementerios, y todo lo relacionado con la desaparición del cadáver,  que libere a los deudos de todo contacto con su difunto. Se muere fuera de casa, se despide del ser amado fuera de casa y el cadáver se esfuma de alguna manera, lejos de casa. Cementerios parecidos a jardines permiten también que algunas personas acudan a tomar mate sobre las tumbas-jardines de sus familiares muertos, como si éstos estuvieran vivos, solamente que debajo de la tierra, y pudieran compartir el ágape con sus deudos.

La negación de la muerte siempre ha sido una necesidad para calmar la angustia que provoca la fugacidad de la existencia. Pero sin duda el sistema consumista y ultramaterialista en que vive la sociedad actual ha hecho de la muerte un ulterior negocio que libera a los familiares y a la misma comunidad de todo lo desagradable y corrompible que conlleva la muerte, de manera rápida y asépticamente, allana las conciencias, y hasta llena de un dudosísimo sentimiento reconfortante a quienes arrojan las cenizas del difunto “en un lugar apacible”.

La negación de la muerte es la negación de la propia humanidad, y una sociedad que niega lo que la hace humana, o sea lo perecedero, lo que la emparenta con todo lo que está vivo, está degradando la vida misma, en pos de una ilusión de oferta de fin de temporada.

 

(*) En Misteriosa Buenos Aires, el cuento es El hombrecito del azulejo.

 

El autor de la nota es Profesor y Licenciado en Letras, dramaturgo y novelista

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