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“¿Por qué los teatros?” por Daniel Fermani

“¿Por qué los teatros?” por Daniel Fermani

Cuando allá por el 313 d.C. el emperador Constantino prohibió los antiguos cultos e impuso al cristianismo como la religión del Estado romano reunificado, lo primero que hicieron los nuevos dueños de la verdad revelada fue perseguir a los “paganos”, y, por supuesto, destruir los teatros. ¿Por qué ese encarnizamiento con los lugares del arte? Porque el arte antiguo estaba vinculado directamente con las costumbres del pueblo, con la celebración de los milenarios mitos, con las creencias que era indispensable desterrar para imponer la nueva religión de origen judío. Es así que las persecuciones no se limitaron a los artistas, sino a toda la familia de los artistas, que eran ajusticiados como si el arte fuera algo hereditario o contagioso… y tal vez lo sea.

 

En Mendoza tenemos una interesante historia de demolición de teatros. El Teatro Municipal, por ejemplo, cuyas nostálgicas fotos se ven en la muestra por la remodelación de la plaza San Martín, fue inexplicablemente demolido a pesar de su bellísima estructura y su importante papel en la vida cultural de Mendoza. ¿Inexplicablemente? No, con la excusa de que iban a construir uno mejor. El terreno quedó baldío decenios, hasta que hoy vemos en su lugar un hotel NH, y allí nos explicamos cuál fue la causa de la demolición.

 

Último ejemplo de demolición de teatros es el tradicional Gabriela Mistral, una construcción de 1957 que gozaba de muy buena salud y que tantos mendocinos recordamos como el paseo dominical de nuestras infancias, allá en la Costanera. Esta vez sí, al parecer se está construyendo de nuevo, Entonces la pregunta es otra, ¿Para qué demolerlo y hacer otro, si el que existía no corría peligro de derrumbe? Pues seguramente para colocar la placa que diga “este teatro lo hizo….”. ¿Y la historia de Mendoza? ¿O también habrá que poner otra placa que diga “esta ciudad la hizo…”? El Teatro Gabriela Mistral era un emblema de la Mendoza de mitad del siglo XX, con su ansia de modernizarse y sembrar espacios culturales en los jardines públicos. Con una fachada tradicional, alegórica, alegraba el muy abandonado paseo de la Costanera y solía llenarse de niños y adultos cuando los artistas lo ocupaban con sus obras infantiles. A los costados del escenario sencillísimo, las máscaras de la tragedia y la comedia vinculaban el teatrito mendocino con la gran tradición griega, y los árboles majestuosos de los jardines de la Costanera le proporcionaban magnífico dosel y sombra fresca para las tardes de verano.

 

Pronto seguramente tendremos un teatro muy moderno con el nombre de los políticos de turno, merecedores, con el dinero del pueblo, de ser recordados como los artífices de la nueva obra, circundada de muchas luminarias de led y raquíticos arbolitos de un metro del altura como los que ya podemos ver plantados en las partes restauradas de los jardines, y cuya sombra tal vez puedan disfrutar nuestros tataranietos, si otro político de turno no decide sacarlos para volver a poner palitos nuevos.

 

En fin, un enigma más que persigue a los teatros y a los lugares dedicados al arte en nuestra fustigada Mendoza, que muy pronto ya no será la vieja Mendoza (aunque hace tiempo que no lo es) sino una ciudad totalmente renovada, reestructurada, modernizada, repavimentada, con los problemas de siempre y con los habitantes de siempre, mal pagados y mal tratados en su trabajo, pero todo muy bonito. Y así sumamos el Gabriela Mistral al incendiado ECA (Espacio Contemporáneo de Arte), al clausurado desde décadas Teatro Mendoza, al cerrado por años Museo Fernando Fáder, a todo los cines teatros convertidos en playas de estacionamiento, negocios de bajo precio o iglesias evangélicas.

 

Raro, rarísimo, nunca una iglesia incendiada, nunca una iglesia demolida, nunca una iglesia cerrada… ¿Por qué los teatros y los museos?

 

 

El autor de la nota es Profesor y Licenciado en Letras, dramaturgo y novelista.

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