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Ramón Gómez: cuando la poesía te salva

Ramón Gómez: cuando la poesía te salva

 “Transparente, transparente, el corazón transparente: por si te busca la vida, por si te encuentra la muerte. La cosa es ir y venir, transparente, transparente”, sentencia Armando Tejada Gómez en su poema Mirar y ver.

            Así demuestra tener el corazón el poeta sanmartiniano Ramón Gómez, ya que cada palabra que vierte en una conversación sobre la poesía o la vida misma, se refleja inmediatamente en sus ojos y en el quiebre de su voz.

            Sincero y muy humilde. Nacido en El Central y afincado definitivamente en Tres Porteñas, el hombre sabe del trabajo duro de la tierra y del placer enorme de la poesía.

            “Yo no pude terminar la escuela secundaria porque tuve que ayudarle a mi padre a trabajar la tierra. Él ya estaba muy grande para afrontar las 20 hectáreas del contrato solo. Con el tiempo, y gracias a un gran esfuerzo, pudimos comprar nuestra finca, la que fuimos plantando con nuestras manos. Una pequeña viñita la hicimos juntos, es un bonarda que es un tesoro para mí por todo…”, inicia a modo de relato de vida.

            En esa etapa frustrada de su vida se empieza a vincular con la poesía. “En la secundaria le escribía las cartitas de amor a los compañeros para conquistar a las chicas. Me acuerdo que a uno, que ahora es escribano y estaba enamorado de una de las chicas del curso, le escribía versos que él se los daba como propio. Le fue bien, pero ahora no me da ni pelota, será que yo sigo tostadito y acá nomás…”, confiesa risueño.

Versos en secreto

            Tenía 13 o 14 años y ya escribía. Lo sentía como una necesidad, como un momento de iluminación. Pero no mostraba nada, los guardaba para él.

            “Yo he sido muy lector, lo que me ayuda, porque no tengo formación. Mi primer libro fue La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca que me impactó. Leía lo que agarraba.

            Mi autor preferido es Antonio Machado, le digo a mi señora que es mi hermano mayor, aunque también admiro a Cortázar, Neruda, Federico García Lorca, Miguel Hernández, José Martí, entre tantos.

            De Mendoza admiro a Tejada Gómez, al que casi llego a conocer porque era familiar de doña Margarita Gómez de Soria, dueña de la casa donde yo paraba cuando iba a la escuela en San Martín. Recuerdo que leí la dedicatoria de uno de sus libros que le regaló a la señora y decía: -A Aniceto y Teodoro Soria, gauchos de greda que hicieron este valle-. ¡Qué hermoso, era pura poesía!. Dice con admiración.

Vivir gracias a la poesía

            Si bien Ramón no guardaba nada de lo que escribía hubo un hecho trágico que lo marcaría definitivamente y del que pudo salir gracias a refugiarse en Dios y en la poesía.

            “Yo tuve un accidente en un camión propio, en 1989, con 42 años. Caí en depresión y pude salir gracias al Señor, la familia y la poseía. Ahí empiezo a escribir hasta ahora, pero esta vez, y empujado por ellos, lo empiezo a mostrar.

           Un día había un concurso en la Biblioteca Pedro Bustos, de Junín, y participé con dos poemas, uno dedicado a mi papá, -Hay un paisaje del riego en mi memoria- y gané el primer premio. Después fui finalista en un concurso internacional de Atina Argentina.

            Hace muy poco pude editar mi primer libro titulado: Del milagro del agua y de la vida…”. Nos relata emocionado.

            Por estos días, y mientras celebra un regalo de la vida que fue reencontrarse, después de 40 años, con Edgardo Echegaray, un amigo de la escuela, concurre con pasión a un taller literario en San Martín, mientras sueña con futuras publicaciones.

            “Estoy en el último tramo de mi vida y hago lo que me gusta. Ya hice lo que la vida me pidió…”, nos dijo en la despedida, mientras sus ojos dejaban caer, lentamente, la transparencia de su vida en redondas lágrimas.

Por Roberto Mercado

romercado1962@yahoo.com.ar

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