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Rezos y bailes a San Vicente

Los pobladores del secano mendocino mantienen una tradición cultural inalterable para pedir por la lluvia.

“Hoy hay que rezarle y cantarle cuecas al santito para agradecerle por la lluvia. No se olviden, son 20 cuecas, y hay que bailarlas porque este año nos bendijo con mucha agüita. Háganlo por mí, yo ya le pedí perdón porque me duele un poco la cadera y no voy a poder bailar…”, nos ordenaba Doña Zulema Matuz viuda de Muñóz, afligida por no poder, a sus 90 y tantos años, pagar su promesa.

En el pueblo de Arroyito, Nor Este de Lavalle, limitando con el río Desaguadero, los puesteros se han convocado para honrar a San Vicente, el santo de la lluvia, y lo harán con la debida devoción.

Se le rezará una novena y se le hará una fiesta donde se le canten y bailen tantas cuecas cuyanas como se le haya ofrendado al realizar el pedido. Y así como concurren a la Capilla del lugar con hondo sentimiento religioso, una vez concluida la cena comunitaria, lo vivarán con sentida pasión pagana.

 

Tradición popular ancestral

Prácticamente nadie sabe explicar fehacientemente el origen de esta tradición popular. También es cierto que se realiza de distintas maneras, incluso en campos de la misma provincia. Pero está tan arraigada a los lugareños que conmueve ver la devoción con la que se le pide y luego se le agradece.

A la celebración que pudimos asistir se la puede describir de la siguiente manera: Hay un puestero convocante, que avisa a sus vecinos (tengamos en cuenta que hablamos de kilómetros y kilómetros de distancia entre unos y otros), se pone fecha, que puede ser en cualquier mes del año, se le hace una novena y el último día de la misma se lleva a cabo la fiesta.

Todos colaborarán con la comida y las bebidas y al terminar vendrá el momento del pago, cantarle y bailarle tantas cuecas como se haya ofrecido. Siempre hay un cantor popular en los puestos, o se arrimarán algunos invitados, y serán los que pongan la música. Al patio saldrán a bailar, sepan o no, los promesantes.

Todo estará vigilado por una imagen de San Vicente en un altar improvisado sobre una mesa con flores, velas y un vaso de vino.

 

En procesión

“San Vicente aquí en el monte del desierto lagunero, tiene vino, tiene velas, cuequeros y guitarreros. Llové cielito, llové…” reza Sandra Amaya en su Caluyo del Desierto.

Al pueblo de Arroyito, que justo es decir atiende la Municipalidad de La Paz aunque no sea de su territorio, llegaron, algunos en procesión con su propio santito, los habitantes de los puestos cercanos como el de Las Gateadas, La Juanita, El Lámaro, La Represita, El Puesto, La Blanquita, El Encuentro, San Isidro, Las Tortuguitas, El Recao, La Fortuna y El Forzudo.

Todo fue una comunión pagano religiosa. Y fue conmovedor vivenciar con qué pasión cantaron y bailaron la última cueca, la que terminaba de pagar la promesa. Con el último acorde llegaron los vivas y los brindis.

No faltó que luego aparecieran unos cantores con acordeón y guitarra y el baile se desató. Era el momento de dejar penas y soledades de lado y entregarse a disfrutar de uno de los pocos momentos que el desierto les permite. Y así se hizo.

Al otro día, bien tempranito, doña Zulema estaba levantada esperando por el despertar de todos. Quería saber, para tranquilidad de su alma, si se había cumplido con lo prometido. Cuando se le dijo que sí soltó un “¡Gracias San Vicente por todo lo que nos das”!.

Se puso a cebar mates endulzados con la paz de su mirada, sabiendo que su majada tendrá pastos tiernos y agüita asegurada.

 

 

Por Roberto Mercado

romercado1962@yahoo.com.ar

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