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Tragedia en la Rivadavia de antaño: El duelo de San Isidro

Tragedia en la Rivadavia de antaño: El duelo de San Isidro
*Por Gustavo Capone, profesor de Historia. Actual director de Educación Superior de Mendoza.
*Por Gustavo Capone, profesor de Historia. Actual director de Educación Superior de Mendoza.

*Por Gustavo Capone

El duelo de San Isidro

Un duelo; manera viril que tenían los “hombres de bien” de dirimir “sus asuntos” ante padrinos honorables.
Precisamente un duelo es la única presencia periodística, como noticia exclusiva sobre “Las Ramadas” en los diarios mendocinos de la época.
Tanto en los siete exclusivos números de “El termómetro del día” de 1820, primer diario mendocino, como en “La Gaceta de Mendoza”, también de muy escasa duración, la zona del Este mendocino todavía no era noticia protagónica.
Tampoco en los diarios de “carácter doctrinario” de la década del 1820, figuran las humildes “Ramadas” como epicentro o noticia rimbombante de algo trascendente.
Por aquel entonces, las páginas de “El verdadero amigo del país”, de orientación liberal dirigido por Juan Lafinur, “El Eco de Los Andes”, “El Iris Argentino” o “El Orden” de profunda filiación católica, solo reflejaban artículos formativos e ilustrativos sobre educación, política, economía o religión, y realmente había muy poco espacio para las zonas de “la campaña”.

“El Nuevo Eco de Los Andes”, será entonces en 1830, quién incorpora la primera noticia protagónica de la zona en la escena pública: “El Duelo de Las Ramadas”. Y si bien el hecho no era nada sorprendente para la época, parece que si lo fueron sus protagonistas y las derivaciones que el caso tomó inmediatamente.

Como siempre sucede en estas cosas, los viejos recelos de antaño se cruzan en la coyuntura con el amor y la política. Pero también, como siempre pasa, nunca queda muy claro que pesa más a la hora de desatar el conflicto.
Lo cierto es que la llegada de Juan Manuel de Rosas al poder, al igual que en todo el país, generó dicotómicas e irreconciliables posiciones de adhesiones u odios, profundizando los enfrentamientos entre los adherentes federales y los, por ese momento, “salvajes unitarios”. Por consiguiente, para el periodismo del momento, el suceso de Las Ramadas fue un hecho netamente político.
La otra mirada
Según los testimonios recogidos por la zona, trasmitidos de generación en generación, el caso tomó ribetes de leyenda que contradicen el aislado hecho periodístico, pues sostiene que ambos contendientes salieron mal heridos, y ante la intervención de los padrinos, la situación quedó ahí.
Mientras que la epopeya recorrió oscilantes variantes que terminaron dando finales contrapuestos, después de desenlaces que el relato popular terminó convirtiendo en discursos heroicos, plagados de matices cuasi míticos: “que la disputa fue con sables”, dicen algunos; “que se escucharon disparos…..”, aseguran otros; “los disparos fueron dos…”, sentencia quien habría sido un testigo de privilegio.
En fin, mitos y leyendas, nutridos de héroes y villanos, como en cualquier pueblo vecino.
Aquello es lo que recuperó la crónica. Pero esto es lo que inmortalizó la leyenda.
Lo crudamente real, es que hay alguien que sufrió como nadie. Que enterró dos vidas para siempre, no pudiendo zanjar nunca las dos pérdidas sufridas en la contienda. Fue una dama: Griselda.
Griselda Soria Maturano, quien nunca perdonó a su padre la profunda herida que llevará a la muerte a su amado novio, Froilán Riquelme, hijo de aquel talabartero de filiación federal y ferviente seguidor de Aldao.

Pero lo que parece ser rutinario en un conservador tiempo de pasiones, donde el honor masculino lastimado se saldaba “a lo macho” y la resignación debía ser moneda corriente en la dimensión femenina, tuvo derivaciones que podrían superar cualquier novela de ficción. Aquel duelo cobró tres vidas.

La muerte de Froilán, por una gangrena ante la herida del enfrentamiento que nunca curó. Griselda, la novia que se ahorcó de la rama de un sauce a la vera del Río Tunuyán, después de no poder superar la muerte de su novio. Basilio Ramón Sosa, el padre martirizado que en una fría madrugada de invierno, entre los fardos de alfalfa de su corral, se clavó en el estómago una tijera de cortar las crines de los caballos, perseguido por el imborrable remordimiento de los dramas acaecidos. Todos fueron enterrados en el viejo cementerio de Rivadavia. Separados por pocas tumbas. Unidos por el único pasillo que el campo santo presentaba.
Al tiempo morirá el caudillo federal y gobernador de Mendoza Fray Aldao. Éste fue enterrado (por expreso pedido testamentario) con su hábito completo de fraile dominico y también el uniforme de General, uno sobre otro. Paradoja de por medio, como en la trágica historia rivadaviense, donde todos llevaron, superpuesto a la muerte, algo del otro.

Froilán murió con un crucifijo de Griselda en sus manos. Griselda vendó con un pañuelo de su amado, la soga que rodeaba su cuello. Basilio tenía atravesado en su estómago la tijera de cortar la tuza de los “pingos”, sosteniendo en su poder una carta donde le pedía perdón a los dos.

Epilogo
Esta última parte no salió en ningún periódico; se lo contaron vaya saber a quién. Así se hace la historia.
Fue hace mucho, en un perdido rincón del mundo. Dramática historia doméstica. Cruel, intensa, epidérmica. Componente indestructible en la tradición épica de un pueblo. Reiterada. Pasional. Aunque no siempre rescatada. Real. Pocas veces valorada por creerse erróneamente que carece de valor referencial para poder explicar el mundo de hoy. Correrá la misma suerte, como muchas historias que nunca figurarán en los aburridos manuales de una historia de pocos, que incrédulamente pretende educar a muchos.

Ilustración: Historia General

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