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«Una batalla ganada, una guerra incierta»

«Una batalla ganada, una guerra incierta»

*Por Daniel Fermani

El gobierno de Mendoza ha tenido que ceder a la presión popular más grande de la Historia de la provincia, y dejó sin efecto la ley 9209, que prácticamente invalidaba la más vieja 7722, por la cual se restringen al máximo las actividades mineras contaminantes en el territorio provincial.

Triunfo indiscutible de una voluntad popular que vio unidos por primera vez a peronistas, radicales, demócratas, izquierdistas, y todos sus derivados. Así la provincia y gran parte del país festejaron un año nuevo con la primera gran victoria social por sobre un gobierno autoritario que no representa a ningún pueblo y que está muy bien dispuesto a venderse al mejor postor.

Las manifestaciones contra la ley 9209 y la restitución de la plena vigencia de la 7722 superaron calor y Navidad para perpetuarse en las calles de Mendoza –con réplicas no sólo en los departamentos, sino también en otras ciudades del país- y no desistieron hasta que la cabeza del gobierno dio marcha atrás y tuvo que ceder a la presión popular. Se trata de un triunfo indiscutible, no sólo de la verdadera democracia –que es el pueblo- sino de una unión sin precedentes que dejó muy clara la inexistencia de alguna grieta ideológica en una ciudadanía harta de los desmanes y abusos de una clase política que no sólo está más unida que nunca, sino que se ha constituido desde hace mucho en una casta de privilegiados y privilegiadas a quienes no les importan mínimamente los sacrificios y las miserias de la gente, sino que persisten en la acumulación inmoral de riquezas y privilegios.

Mural pintado en el ingreso a San Martín, sobre el Costa Canal Montecaseros.

Tal vez los políticos mendocinos, que obviamente no leyeron a Shakespeare, por lo tanto no saben cómo terminan inevitablemente las desmesuras de la ambición, tampoco ven noticieros, y no se enteran de que tras añares de sometimiento, pueblos como el chileno han sido capaces de levantarse contra este nuevo sistema feudal de privilegiados que viven opíparamente a costa de ciudadanos muertos de hambre.

Sí, es un triunfo. Pero queda una guerra por delante, por eso también es indispensable no bajar la guardia. Incluso gobiernos sin discurso, como el actual gobierno de Mendoza, pueden esperar agazapados el momento oportuno para volver a dar el zarpazo que los lleve a cumplir sus intereses. Porque el gobernador Suarez, que heredó una estructura de hierro mantenida a costo de sangre por su antecesor Cornejo, no recibió ni una palabra de aliento de quien le dejó una provincia muy bonita, muy llena de canteritos de flores, muy reglamentada como en épocas de los gobiernos de facto, con la salud y la educación no sólo humilladas sino desmanteladas. Hay que hacerse cargo. Mantener la mano férrea a toda costa  ha costado la caída de poderosos imperios, imaginémonos una provincia azotada por la sordera política, exprimida por los impuestos y la inflación, devastada por la falta de políticas de salud y culturales, desanimada por el autoritarismo y los métodos de control dictatoriales y antidemocráticos. A eso sumado, vendida a cuanta compañía extranjera sea capaz de llenar las cuentas de los políticos en algún paraíso fiscal donde esconden sus botines dictadores y capos de la mafia.

El fracking es la punta del iceberg de una montaña escondida bajo la línea de la percepción popular. No habrá fracking en Mendoza (aunque si lo hay en San Juan, sería ingenuo pensar que las napas acuíferas contaminadas se van a detener en la frontera interprovincial), al menos hasta que el gobierno unido y sin fracturas que está al frente de nuestra provincia descubra los vericuetos legales como para cumplir con las multinacionales y poder conservar los pagos que ya les deben haber depositado en Panamá, o en las islas Caimán, o quién sabe dónde. Aún falta todo lo demás. Y con lo demás no hablo del control a las petroleras, a la vitivinicultura, a toda fábrica que utiliza no solamente agua sino que derrama en el suelo sustancias químicas y desechos orgánicos imposibles de degradar. Hablo también de los insumos y el funcionamiento de los hospitales, del maltrato y castigo a los docentes, del inexistente saneamiento de todas las redes clandestinas de agua, luz y gas que son más numerosas que las conexiones legales en la provincia, del control y blanqueo de las dietas y los viáticos desmesurados de los funcionarios públicos, de los privilegios fiscales y de todo tipo de que gozan los empresarios. Bueno, varios huevos quedan en la canasta.

La cantidad de gente que se movilizó en Mendoza fue histórica.

Sin embargo, antes de proseguir, es indispensable que reflexionemos: si queremos vivir sin ningún tipo de contaminación, debemos regresar al siglo XVIII, antes de la Revolución Industrial. Toda actividad humana genera contaminación, desde el fracking, al lavado de platos después de la cena de fin de año. Argentina no es el único país donde se practica el fracking, ni Mendoza la única provincia donde existe la vitivinicultura a tiempo pleno. Cualquier tipo de industria que se quiera implementar va a ser contaminante, como lo son los innumerables barrios privados que no sólo interrumpen la libre circulación de los ciudadanos por el territorio público, sino que exigen documentación a los visitantes sin tener herramientas legales para hacerlo, y que extraen ingentes cantidades de agua para regar jardines y llenar piscinas, y destruyen el pedemonte para implantar flora exótica que no tiene capacidad de reacción en caso de algún evento natural de la montaña mendocina, como vientos Zonda, aluviones, terremotos, etc. No, la industria no se puede parar, porque ya es el motor del capitalismo imperante, y porque  de no existir nos quedaríamos sin ni siquiera una computadora. La cuestión es, en países y provincias corruptos como los nuestros, que esas industrias no están controladas para que la contaminación sea contenida y no afecte al medioambiente más de lo indispensable, y por lo tanto no envenene al pueblo. Y sabemos de sobra que en Argentina, y en Mendoza, nuestros gobiernos no van a poner un freno a la extracción de riquezas, y no van a devolver al pueblo las ganancias que esas riquezas generen.

Ahora se festeja, y es lícito y merecido hacerlo. Pero que la música de la fiesta no tape el ruido de los camiones que siguen depredando Mendoza. El gobierno no ha movido un solo peón (si peones, hablando con el leguaje del ajedrez, se puede llamar a los miembros de esa clase de privilegiados neomedievales que son los funcionarios públicos), y vista la fenomenal cohesión interna que demostró a la hora de imponer la explotación minera en la provincia, no sería una sorpresa que ya estuviera diseñando una nueva estrategia para compensar las pérdidas sufridas. Porque no seremos tan ingenuos como para pensar que nuestra clase política está planeando cómo beneficiar al pueblo mendocino, ¿o sí? ¿Alguien lo piensa? ¿Alguien piensa que fusionar Cultura con Turismo en un solo ministerio es bueno para alguna de esas dos actividades que no tienen nada que ver (o al menos no como lo plantean nuestros ministros)? ¿O hay quienes creen que castigando a los docentes con la perpetuación de ese invento militaresco del ítem aula ha mejorado la calidad de la educación? ¿O tal vez haya quien crea que rehacer calles y plazas repercutirá positivamente en una baja de las boletas y en una mejora en la calidad de los servicios? Entonces no seamos tan crédulos como para imaginar que un gobierno al que ha sido necesario presionar hasta lo máximo para que no venda el subsuelo y el agua mendocinos, va a hacer algo bueno para la provincia por iniciativa propia.

La Revolución Francesa (1789) les cortó la cabeza al Rey y a la nobleza. Después llegó Napoleón y reinstauró la monarquía. San Martín luchó para expulsar a los españoles de Latinoamérica, y cuando lo logró, el gobierno de Buenos Aires lo mandó matar para vender el país a los ingleses. La Historia hay que escribirla cada día, y a veces reescribirla varias veces, hasta que la redacción sea impecable. El fracking no es el último capítulo de esta lucha, sino el prólogo. Hay que individualizar al enemigo, de otro modo va a reaparecer detrás de las cortinas.

*El autor de la nota es Profesor y Licenciado en Letras, dramaturgo y novelista.

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