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«Una frase de Shakespeare» por Daniel Fermani

«Una frase de Shakespeare» por Daniel Fermani

daniel fermani**Por Daniel Fermani

 

¿Será verdadero el anatema* de que todos los seres humanos somos una frase de Shakespeare? En todo caso, ¿sólo una frase? ¿ni siquiera un acto, o al menos una escena de una de sus obras teatrales? ¿Y por qué Shakespeare y no otro escritor, tal vez un novelista?

 

Quizá porque fue el dramaturgo inglés quien mejor desnudó el alma humana a través de la creación de sus personajes teatrales. Y esos personajes se desarrollaron entre fines del 1500 y principios del 1600 en el mundo capitalista moderno, o sea el nuestro, con increíble proyección hacia lo que iba a ser ese mismo capitalismo casi medio milenio después, quiere decir, hoy: consumismo desenfrenado, ambición desmedida, materialismo por sobre todas las cosas, violencia justificada políticamente.

 

Bueno, hasta aquí casi podríamos sostener la tremenda contundencia, la inexplicable inapelabilidad de esta extraña afirmación. Pero sin duda no podemos quedarnos con eso, porque esta frase es una cruel invitación, un desafío, una provocación aguda a nuestra inteligencia y a nuestro sentido crítico. Para empezar –y tenemos que dar por sentada nuestra lectura de al menos las principales obras de Shakespeare- es necesario tener claro que los personajes de este dramaturgo se mueven por pasiones, pero todas ellas pueden sintetizarse en una palabra: ambición. Y en este punto podremos vincular a los personajes y sus parlamentos tanto con el sistema sociopolítico y económico isabelino, siglo XVI, cuanto con el sistema contemporáneo en el que nos encontramos. En los tiempos en que el bardo inglés escribió sus obras, el capitalismo rampante se abría paso a dentelladas entre los resabios de lo que habían sido el sistema feudal y sus valores de honor, vasallaje, fidelidad, palabra dada, origen divino del poder y prevalencia sanguínea de la nobleza por sobre el resto de los mortales. El joven escritor debe haber vivido tal vez con un poco de estupor –llegaba a la ciudad con poco más de veinte años, procedente de un casi pueblo- la intensidad de esa Londres arrasada por las plagas y donde la población, si era noble y rica, tenía una expectativa de vida de treinta y cinco años, y si era bastarda y popular, de sólo veinticinco. Los campesinos vivían un poco más, porque no sufrían la contaminación de la ciudad. Sin embargo, sería un poco ingenuo creer que fue el capitalismo el sistema que despertó en el ser humano la ambición desmedida y sus terribles consecuencias: cuatro o cinco mil años antes de Cristo los sumerios, la primera civilización documentada, inventó la escritura para hacer sus contratos de compra y venta y de propiedad de tierras y ganado. O sea estamos hablando del resultado de una organización cultural que permitió al hombre sublimar –si cabe el término- pulsiones esenciales de su naturaleza en un modelo de intercambio que desde esos lejanos albores concedió el poder a unos sobre otros, por lo tanto la explotación del hombre por el hombre. Lo que hace Shakespeare, y he aquí su genialidad, es mostrarnos con arrasadora belleza e implacable verdad la sofisticación que puede alcanzar la ambición humana en un sistema que pareciera hecho a medida para desarrollarla, fortalecerla y entronizarla como una virtud. La ambición en los personajes de Shakespeare lleva a la mentira, al engaño, al sometimiento, a la insidia, a la calumnia, al crimen, a la ruina de las personas, de las familias y de los Estados. O sea, lo que vemos en el mundo actual,  regido –y me parece muy apropiada esta palabra, que está vinculada con reino, regencia, autoridad indiscutible- por un capitalismo evolucionado, camaleónico, siempre embanderando los derechos humanos, animales y vegetales mientras detrás de las bambalinas perpetra su carnicería impiadosa de todos los hombres y mujeres sin excepción.

 

No quisiera ser una frase de Shakespeare. Pero me doy cuenta de que no puedo escapar de esta obra de teatro. Porque no sólo las escenografías son las mismas, y las escenas se repiten una detrás de la otra sin ahorro de paradojas y violencia, sino porque genéticamente somos lo que escribió el bardo inglés, llevamos en la sangre los códigos de esos personajes que van a aplastar cabezas sin miramientos para lograr sus metas, o que van a ser aplastados sin miramientos por haberse mantenido íntegros y haber tratado de enfrentar con la honestidad desnuda las manipulaciones de poder.

 

Soy una frase de Shakespeare. ¿Qué frase? ¿De qué obra? Regreso apuradamente a los textos y me busco, me busco en los personajes, en las escenas, en los actos sembrados de maravillosas metáforas y de imágenes enceguecedoras. A veces quisiera quedarme dentro de una obra de Shakespeare.

 

 

*Uso esta palabra en su acepción de casi una maldición.

 

 

**El autor de la nota es Profesor y Licenciado en Letras, dramaturgo y novelista.

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